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La intelectualidad anarquista

Suele creerse que el anarquismo a nivel cultural, no dejó huella alguna en su paso por las artes y el pensamiento en Argentina.
El hecho que sus exponentes mas notorios hayan llegado al éxito sólo en la medida en que se alejaban de las pautas anarquistas (tal como los casos de Florencio Sánchez y Armando Discépolo), y que ninguna obra de primera magnitud haya salido de sus plumas, parecieran corrobar esta hipótesis.
Sin embargo esta verdad a medias esconde una realidad difícilmente comprensible para el observador de hoy en día., para quien el anarquismo fue o bien un movimiento de organización obrera caudalosa pero efímero, o bien el fervor idealista de unos cuantos malos poetas y dramaturgos.
El anarquismo como idea política, como propuesta estética y como comprensión del mundo, fue la experiencia fundamental por la que toda la juventud del Novecientos debió pasar, y fue una formación intelectual intensa, con la sola competencia del socialismo.
Frente a un proyecto clasista oligárquico desfalleciente, frente a una figura de poeta modernista casi fracasada, un importante sector de la juventud se acercó, coqueteó, dejándose seducir e incorporándose decididamente al anarquismo cultural.

Entre otros, inundaron el teatro (Florencio Sánchez, Armando Discépolo, Deffilipis Novoa, Rodolfo Gónzalez Pacheco, José de Maturana, Tito Livio Foppa, José González Castillo), las artes plásticas (Eduardo Schiaffino y Martín Malharro), la poesía (Evaristo Carriego, Macedonio Fernández, Evar Méndez, Edmundo Montagne, Alejandro Sux, Federico A. Gutiérrez, Vicente Martínez Cuitiño), y la prosa (Pedro Maino, Julio R. Barcos, Alberto Ghiraldo, Rafael Barret, Félix Basterra). También fue vital la actividad en el campo de la educación, destacándose la participación de Julio R. Barcos.
Por último, el anarquismo tiñe buena parte de la juventud y la obra de dos padres de la literatura argentina: Roberto Arlt y Jorge Luis Borges.

Para medir el influjo de esta corriente es útil registrar el testimonio de Alejandro Sux, quien recordando la bohemia de principio de siglo, afirma “todos mis amigos eran revolucionarios en política o en literatura, y la mayor parte eran socialistas o anarcos”.
Al mismo tiempo, los socialistas colaboraban en las publicaciones anarquistas (José Ingenieros, Roberto J. Payró, Manuel Ugarte). El lugar que el anarquismo tenía en el ambiente intelectual de la época, se nota en las adhesiones logradas, la aceptación/reconocimiento por parte de otros grupos, y la no beligerancia de sus enemigos.

Los poetas libertarios participan en todas las publicaciones periódicas de la época, y sus libros son criticados favorablemente. En la constitución de la intelectualidad libertaria le cupo un lugar prioritario a Alberto Ghiraldo. Dirigió varias revistas (El Sol, Martín Fierro, La Protesta, Ideas y Figuras) que fueron el eje de publicación de las juventudes anarquistas y socialistas del momento.
Cabe destacar que Ghiraldo no abrazó la ideología anarquista como un mero aspecto de su postura literaria, sino que fue uno de los principales referentes que tuvo el movimiento en la Argentina. Llegado el momento en que el anarquismo tenía mas ascendente en la política del país, y en la cúspide de su poder sobre la clase obrera (y por ende el símbolo de desestabilización social para la clase dominante), siendo director del ppal. órgano de difusión (La Protesta), el anarquismo sería borrado del mapa político, y Ghiraldo fue una de las víctimas dentro del ámbito cultural. Por tal motivo, parte hacia España en 1916, y prácticamente no regresaría al país.
Podemos rotular los años que van de 1914 a 1919 como de dispersión y derrota para los intelectuales anarquistas, se les cierran muchas puertas. El periodismo de firma, que hasta pocos años atrás era posible en diarios como El Tiempo o La Nación, ya no es frecuente. La enorme marea editorial que había provocado el anarquismo desaparece por el cierre de imprentas (como la de La Protesta), o por la desaparición de las editoriales amigas. Un solo canal de expresión continúa abierto para los anarquistas, y hacia él se vuelca la mayoría: el teatro.
Fenómeno popular del momento, el teatro rinde cuantiosas ganancias a los dueños de compañías. En1911 se firma un acuerdo entre patrones y autores, por el cual aquellos se comprometen a pagar un 10% en concepto de derechos autorales. Paradójicamente, quien logra el acuerdo de parte de la Sociedad Argentina de Autores es Alberto Ghiraldo, a la sazón presidente de la misma. A partir del cobro de sus derechos, los autores participan convenientemente de las ganancias del sector.
Pero en cada sala se ofrecía una innumerable cantidad de piezas por semana. Esto provocaba una enorme demanda de obras (y de autores). Hacia allí se dirigió la inmensa mayoría de los intelectuales de la época, y los anarcos no fueron la excepción.

Como si la maquinaria comercial se los devorara, quienes hasta ayer colaboraban con las sociedades de resistencia y prensa subversiva, a partir de 1910 se volcaron a la industria de la escena, para conciliar ideas, sobrevivir e intentar propagar el ideal anarquista.
En esta segunda etapa, muchos se vuelcan al teatro, pero muchos de ellos se rebajarían a la obra fácil y chabacana, de colocación fácil, y ganancia segura. La máquina industrial los gana por el bolsillo, y poco a poco se los seduce ideológicamente.

La memoria colectiva no fue benévola con el anarquismo. Las clases dominantes trataron de silenciar y ocultar su paso por la intelectualidad argentina. En lo posible, trataron de no nombrarlos; si esto no era posible, no los relacionaban con el anarquismo. En definitiva, jamás hacían referencia a un conjunto de intelectuales que compartieran una experiencia, una ideología o una estética.
De hecho, tampoco quisieron reivindicarlos sus herederos mas directos: los escritores socializantes de Boedo. Esto sucede en la década de 1920, cuando las principales fuerzas del momento (socialismo y comunismo) no estaban interesadas en reivindicar un sector que preferían ver desterrado de la política argentina. Estas mezquindades impidieron ver que los fundadores del realismo social, del drama de tesis y del teatro independiente fueron los anarquistas, y no los socialistas, ni los comunistas del 30’.

Cabe mencionar que la novela inicial de Arlt, El juguete rabioso, es una parodia del anarquismo. Quien le da acceso a los libros al joven protagonista, es un zapatero anarquista catalán. Su iniciación en la vida delictiva se hace con la construcción de un pequeño cañón, parodia de los atentados anarquistas. El nombre la banda “Los Caballeros de la Media Noche”, guarda hondas relaciones con la emblemática libertaria.
Finalmente, quien se acerque a las Aguafuertes porteñas, podrá identificar sin dificultad el estilo periodístico del anarquismo: burlón, satírico, un poco resentido, gustoso del habla popular, afecto a hablar de grandes temas con el lenguaje mas coloquial y no sencillista.
Rasgos similares, se observan en los primeros libros de poesía de Raúl González Tuñón.

De este modo, verificamos la falsedad de la hipótesis planteada inicialmente, y vemos el gran aporte que tuvo el movimiento anarquista en diversas expresiones artísticas y culturales de nuestro país
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1 comentario

Matias -

Muy interesante el articulo, un gran aporte para limpar la imagen de un movimiento tan rico cultural e ideologicamente como vapuleado históricamente.
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